Montarse en el
Metro de Caracas es la odisea más fuerte que puede sufrir cualquier pasajero de
este popular transporte público. Es necesario destacar que cuando inició el 2
de enero de 1983 sus actividades, ya hace 40 años, era otro nivel, no solo en
el servicio que prestaba sino también en el comportamiento ciudadano de los
usuarios.
Al pasar el
tiempo, se palpa a simple vista el deterioro y el arrogante salvajismo de
quienes lo usan. Un día cualquiera, entré a la estación Capitolio a las 7 de la
mañana, alguien podría afirmar que es una hora pico (es decir, hay full gente).
Pero es que no existe un momento único y placentero en el que quieras viajar en
el Metro y no esté apertrechado del bululú.
El Metro
caraqueño se quedó pequeño, es ahora casi un centímetro porque la demanda es
excesivamente alta en comparación con sus inicios.
Mi ruta era hacia la estación Los Dos Caminos, del centro de Caracas hacia el este, específicamente en el estado Miranda. En mi primer intento no pude entrar al vagón y esto me pasó en tres oportunidades, el ingreso se hacía cada vez más imposible.
Hubo un instante donde se combinó la frustrachera con la impotencia, porque la incivilidad es la que
manda. Yo no quería golpear ni empujar como lo hacían hombres, mujeres,
ancianos y hasta niños, pero tuve que envalentonarme y actuar como la mayoría,
de lo contrario no llegaba a mi destino planificado.
Ya en el vagón y sin aire acondicionado, una mezcla de olores se hace presente: perfumes, talcos y violines sin orquesta sinfónica despertaban al más dormido. La unión en el ambiente de la diversidad de sudores, producían hasta en el más valiente, nauseas y unas ganas locas de bajarse corriendo.
En el Metro puedes salir
preñada y no sabes quién es el padre de la bendición, porque en las estaciones
la mayoría va parado, es algo así como un “todos contra todos” y pegaditos como
sardinitas en latas.
Por cierto, a medida que avanzaban las estaciones, los vagones no quedaban más vacíos, sino que se montaba más gente, la peripecia para bajarse era igual a cuando subes. El salvajismo en la puerta, es inaguantable y la jauría no permite ni bajar ni montarte, el caos en su máxima expresión.
Afortunadamente llegué a mi destino
con una tormenta de olores en mi piel, despeinada y sin mis labios pintados de
rojo, porque los frenazos constantes, llevaban mi cara a la camisa blanca de un
chico, que se la tatué sin querer. ¡Qué pena!
De pana tenía
muchos años que no me trasladaba en el Metro de Caracas, creo que esta
pesadilla no la volveré a repetir, porque la incivilidad le ganó a mis deseos
de dar un paseo. Lo extremo pateó mis recuerdos de lo que fue el mejor
transporte público en otros tiempos.
(MPS)
