En algún momento de nuestras vidas,
hemos tenido sueños sobre las oportunidades laborales y salariales que deseamos.
Sin embargo, al despertar, el tanganazo es más fuerte del que esperábamos porque
todo quedó en un recorrido onírico de años.
Por lo menos en lo que a Venezuela
se refiere buscar trabajo se ha convertido en una penuria porque pareciera que
todas las empresas tienen el mismo patrón y más en estos tiempos de la
asfixiante dolarización económica. De pana no voy a convertir esta narrativa en
un análisis aburrido, cuando es conocido por todos, la situación.
Aunque quiero resaltar algunos
aspectos vivenciales del día a día de cualquier venezolano que escudriña nuevas
oportunidades laborales. Es posible que usted sea una de las tantas personas que
a comienzo de año se emperifolló y salió con su carpetica para hacer un
recorrido desde tempranito.
Al llegar a una empresa con tu curriculum vitae, con tu pecho hinchado
de orgullo, porque para ti es el “tria…cho”
y donde están plasmados tus tiempos de esfuerzo de sobrevivencia, te atiende
una recepcionista y te dice fría y con gestos en su cara de indiferencia: “Déjelo
y espere que lo llamen” y algunos más sortarios tienen la reunión esperada,
donde preguntan cuáles son tus aspiraciones y ahí es cuando se traba la lengua.
Ninguna empresa está a la altura de
nuestras necesidades y es aquí donde el serrucho se tranca porque, o dices la
verdad sobre lo que quieres que te paguen, o simplemente te callas y aceptas la
paupérrima oferta.
En estos tiempos hay que tener
claro que los salarios se los come la inflación, y que antes de aceptar un
trabajo debemos investigar sobre los beneficios que tiene la empresa, que estos
sean un plus para el desarrollo de los empleados. Creo que en Venezuela son
pocas las organizaciones que ofrecen incentivos laborales que fortalezcan sobre
todo el sentido de pertenencia. Si encuentras alguna, allí es donde debes
quedarte.
Es ese instante donde hace su
resplandeciente aparición eso que llaman el salario emocional. No se manifiesta
ni en dólares ni tampoco en soberanitos, pero suma un montón en esas decisiones
que van a favorecer la calidad de vida del recurso humano.
Por cierto, este tema se está
investigando desde hace 10 años en América Latina. Pasamos en nuestras
actividades laborales 8 horas diarias o más de nuestras vidas, aparte de
aspirar al pago en dolaritos debemos pensar en otros factores que dignifiquen
nuestra calidad de vida. Urgentemente estoy buscando un salario emocional en mi
vida.
Consultando con varios amigos
coincidimos que más allá del salario necesitamos incentivos como: Becas para
los hijos, bolsas de comida mensuales, transporte ida y vuelta para los que no
tienen vehículo, cursos, seminarios o conferencias para el crecimiento
profesional, flexibilidad en el horario de trabajo y, por qué no, emplear el
teletrabajo algunos días. Si la empresa valora a su gente, ténganlo por seguro
que allí se mantendrán los empleados un bojote de años. ¡El mundo cambió jefes!
(MPS)
